
¿QUÉ PASA EN UN PSICOANÁLISIS?
« El psicoanálisis, no sé si están al corriente, el psicoanálisis se ocupa muy especialmente de lo que no anda », indica Lacan. Todo el mundo cree tener una idea del psicoanálisis suficiente para creer que sabe lo que es. ¿Pero realmente es suficiente? Es una experiencia donde se descubre que la palabra tiene efectos. Alguien que atraviesa un momento inédito de apuro decide dirigirse a otro dispuesto a escucharlo: sus oscuros pensamientos, sus deseos inconfesables, sus temores más íntimos, sus vergüenzas, sus miserias.
En el consultorio tendrá la libertad absoluta de decir lo que quiera, pero también callar lo que desea no decir. No se trata de una confesión. El análisis es la posibilidad de que, al hablar, el sujeto se escuche decir por primera vez aquello que desconocía. Es un encuentro con lo imprevisto. Es apartar el turbio velo que cubre los dichos y las palabras que los otros le han dirigido y que han marcado su existencia como un destino incuestionable. Es la posibilidad de hacer polvo las identificaciones que modulan sus anhelos y los ideales heredados que, al hacerse propios, moldean sus objetivos. Como contraparte, al mismo tiempo, puede surgir un cuestionamiento radical que abra nuevos caminos.
El analista se abstiene de dar su opinión. No dirige la consciencia, no sugiere comportamientos, no ofrece soluciones adaptadas a roles o normas sociales, ni reduce los males del sujeto a causas moleculares. Su tarea es leer lo que está detrás de la fachada de los dichos del sujeto, propiciando así el encuentro inédito del analizante con un saber inconsciente: esa verdad que le pertenece absolutamente, a nadie más.
La clínica lacaniana abre la posibilidad —o no— de que la palabra se encuentre con lo que el sujeto padece y que escapa a ser dicho, pero que, para su gran asombro, encubre una satisfacción oscura.
Se suele creer que hacer un psicoanálisis ayuda a dar sentido a las cosas —a la vida, por ejemplo. Pero es todo lo contrario: un análisis lacaniano tiende, dice Lacan, « a borrar el sentido de las cosas de las que el sujeto sufre ».
Carlos Lacaud

LA CURA LACANIANA
En sus inicios, Freud dedicó su tiempo a escuchar a mujeres histéricas que hablaban de sus síntomas. Al hacerlo, leyó en esos dichos algo que más tarde llamaría el inconsciente. Al mismo tiempo, con asombro, advirtió que eso que allí surgía estaba ligado a su propia presencia, que él estaba implicado en aquello que ellas relataban. Así, abrió un campo inédito en un momento de la historia: la práctica del psicoanálisis.
Jacques Lacan ha hecho valer a Freud, redoblando sus pasos. Su enseñanza ha permitido, hasta hoy, sostener ese campo al demostrar que el síntoma, ese lastre que invade la vida de algunos, está estrechamente ligado al lenguaje.
« Llamo síntoma a eso que no anda », escribe Lacan. Se trata de aquello que no cesa de repetirse y atormenta la vida, de eso que « cae siempre en el mismo pozo », de lo que convierte el mundo en inmundo. « Como seres vivientes, somos roídos, mordidos por el síntoma », sentencia Lacan.
Entonces, llega un momento en que ninguna explicación basta, en que ya nada se entiende.
El síntoma se presta a un doble juego: por un lado, es aquello de lo que queremos librarnos, y por otro, la fuente de una satisfacción inconfesable. Encierra una parte imposible de formular que aparece como un agujero o un enigma. Por eso resiste. Por eso insiste.
Analizarse con un psicoanalista abre un espacio donde eso del síntoma que escapa a la lengua consuene de una manera distinta. La cura lacaniana abre la posibilidad de que el analizante halle una salida a su medida, una forma inédita de afrontar la parte incurable del síntoma.
Carlos Lacaud





